sábado, 13 de noviembre de 2010

Lo Cotidiano I


Quién no ha tenido una vecina en su vida. Son seres maravillosos en el mundo ficticio de los hombres. Permiten evadirse de lo doméstico, buscando encuentros furtivos en nuestra imaginación. Nos seduce solo el hecho de que están allí, al otro lado, como si esperasen que diéramos el salto y nos atreviéramos a cambiar el confort del hogar por la aventura de lo desconocido. Continuamente nos envían mensajes cifrados; una ventana entreabierta significa ¡a qué estás esperando!, una cerrada ¡hoy no estoy de humor!, si la descubrimos mirándonos entre los visillos, sabemos que nos desea; otras veces, su ropa nos habla de lo que van a hacer; su ausencia nos vuelve locos y su luz nos desvela hasta el amanecer. Intuyen cuando vamos a abandonar y entonces nos regalan, veladamente, su cuerpo. Luego se encierran, a cal y canto, como si no quisieran que las observaras y el día menos pensado te dejan una flor en la ventana. Desde luego, las vecinas son fascinantes, pero difíciles de comprender.

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