jueves, 23 de febrero de 2012

Analógico vs digital. Último asalto.



No voy a entrar en la eterna lucha digital-analógico que todavía mantiene acalorados debates entre modernos y tradicionalistas, nostálgicos y snobs, nativos digitales y los que no pasaron del siglo XX. A todos nos queda claro que el digital tiene más calidad técnica, mayor rango dinámico, más definición, posibilidad de copia sin pérdida y menor coste. Si nos quedamos ahí, todo son ventajas. Escuchemos lo que dice Michael Pogorzelski, director del Archivo Cinematográfico de la AMPAS:

"En Pixar decidieron remasterizar Toy Story en el año 2000 para editarla en DVD. La película original se estrenó en 1995. No quisieron partir de una copia en formato cine, sino de los archivos digitales originales. Empezaron a renderizar de nuevo y se dieron cuenta de que el software con el que hicieron la película era la versión 2.0 y el que tenían en el año 2000 era ya la 14.6. El programa había avanzado tanto que ni siquiera reconocía los archivos originales. Hay que ir migrando los archivos de una versión a la siguiente, lo que supone un gasto importante. Además, las conversiones no son siempre fieles al original. Hay que hacer muchas comprobaciones para asegurarse de que el resultado es óptimo y que no se ha perdido información".

Estamos hablando de una película que se estrenó en 1995 y cinco años más tarde ya tuvieron problemas para volver a generarla. Pero no hay que irse tan lejos. Cualquiera de nosotros puede tener en su casa vídeos de sus hijos pequeños grabados en formato Betamax o Hi8 que seguramente no pueda reproducir por sus propios medios. Muchas de esas cintas acabarán en la basura sin ser convertidas a un formato actual. Hoy día el problema es más preocupante ya que los soportes físicos se están perdiendo y las fotos o vídeos no son más que archivos en un ordenador que no tiene más de cuatro o cinco años de vida. Eso sin contar los distintos formatos que tanto en fotografía (archivos RAW) como en vídeo (códecs) se cuentan por cientos. ¿Quién garantiza que dentro de sólo cinco años habrá hardware y software para reproducirlos? ¿Cuántos de esos archivos se perderán por fallos en los discos duros, formateos, virus y olvidos voluntarios o involuntarios? ¿Cuántas versiones de tu programa favorito soportarán esos formatos? ¿Quién asegura que tu programa preferido no será comprado por una empresa de la competencia y acabe olvidándolo progresivamente hasta que desaparezca?

Aquí la batalla la gana el formato analógico. Para ver las viejas películas en super8 que nuestros padres grabaron en los 70 sólo hace falta mirarlas a contraluz o reproducirlas en un proyector mecánico que puede funcionar durante décadas. Películas que se grabaron en los años 30 pueden ser reproducidas en proyectores de cine actuales con la misma calidad. El celuloide bien conservado puede durar más de cien años y en condiciones óptimas hasta cuatrocientos. En los museos hay libros de hace 500 años que todavía se pueden leer y todos conservamos en papel recuerdos de nuestros padres y abuelos con una calidad aceptable. ¿Cuánto crees que te va a durar el libro electrónico que te regalaron por reyes? ¿Vas a estar haciendo copias de todos los libros digitales que tienes almacenados en él cuando te compres otro? ¿Los cambiarás de formato cuando este cambie? ¿Qué pasará con los sistemas anticopia? ¿Serán compatibles?... La foto de tu abuelo lleva ochenta años en un álbum y para verla solo hace falta que la habitación esté iluminada.

El problema de la preservación del patrimonio digital no es un argumento de retro-románticos ni ofuscados analfabetos digitales. Es una realidad que se están planteando importantes instituciones públicas y privadas que ven cómo una gran cantidad de información generada en los últimos años puede acabar perdiéndose. Los estudios de Hollywood empiezan a preguntarse como conservar las películas que se están empezando a producir íntegramente en digital y ven en ello un problema. La UNESCO lleva advirtiendo sobre esto desde el año 2003 y ha lanzado un programa que pretende concienciar a la gente sobre estos asuntos.



¿Te acuerdas de WordPerfect 5.1? Durante los ochenta y principios de los noventa era el EDITOR DE TEXTO. Así, con mayúsculas y todo. Tanta era su popularidad que para presentarte a unas oposiciones en aquella época te obligaban a saber manejarlo. Estaba instalado en todos los ordenadores: en los hogares, en las empresas, en la administración, en el ejército... Durante años se crearon millones de documentos con él. ¿Cuántos conservas tú?

Evidentemente, hay que estar muy ciego para estar en contra de la digitalización progresiva de la información. La posibilidad de replicar un documento infinitas veces, sin pérdida de calidad y poder transferirlo en poco tiempo a cualquier rincón del mundo está cambiando muchas cosas, la mayoría para bien. De lo que no somos tan conscientes es de la fragilidad del sistema, de cómo aún tenemos que interiorizar que, a la hora de conservar nuestra memoria, unas tablillas de arcilla, un trozo de papel o un negativo son mucho más estables que cientos de megabytes en las entrañas de un disco duro. Al menos por ahora.

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